VIRUS

No es como el aire que sin él no vives. No es igual que la noche que se acerca a todos los hogares. Pero está ahí, como una sombra, como una nube ancha que cubre nuestra tierra. Está en el norte y en el sur, en el interior y en las costas y en las islas. Tiene poder o elige a quien lo tiene y no le importa su origen ni su bandera.

Es un mal con muchos nombres. Quienes lo padecen no construyen ni crean, no precisan conocimientos ni estudios. Son amigos de lo ajeno, aunque quizás no lo saben. Ellos se han ganado un puesto en su organización y todo lo que encuentran es suyo, como un tesoro escondido que han descubierto y ahora les pertenece. No importa quiénes lo dejaron en la playa o en la cueva. Los que contribuyeron a su proyecto no tienen rostro y son demasiados para recordarlos.

El mal lo sufren los cuerpos, los organismos y también los que aún no han sido contaminados. No sé si cada uno tiene lo que se merece y pierde lo que no ha sabido guardar, pero los sujetos dañados sustraen, disponen y ejecutan porque el mal no nos parece tan grave o porque nos cuesta apartar y recluir a gente tan cercana.

En La Oferta hablo de este mal, de la rueda y de alguno de sus engranajes.

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CITA CIEGA

Lo que no es de uno es de los otros. Y así hay que indicarlo y reconocerlo, aunque cueste. No es fácil distinguir el original de la copia, al escritor español, francés o latino, que habló de las ruinas y el río de Roma. Quién sabe si el autor del Eclesiastés copió a otro ascendiente, aún más desconocido, la frase de que nada hay nuevo bajo el sol.

En este mundo nadie crea de la nada, pero unos pocos tocan teclas distintas, añaden sombras o miran por primera vez lo que teníamos más cerca.

Ellos son y quedan. Y merecen un nombre, una cita. A los diecisiete elegí una carrera, me separé de mi familia y fui a otra ciudad. Fue como una promesa no cumplida. Confiaba en el porvenir, pero no llegó más que la decepción y la tristeza. Estaba en otro sitio y el viento del mar soplaba. Había un cambio afuera, pero dentro de mí todo era igual o peor y así lo reflejé en unos versos duros. Más tarde descubrí La ciudad de Cavafis y tuve la sensación de que él había leído mis extraviados versos y encontrado palabras más precisas para lo que yo quise decir. Luego supe que Horacio lo había escrito mucho antes en la oda XVI del libro segundo: ¿Quién, huyendo de la patria, ha logrado huir también de sí mismo?.

Hace unos años encontré dos poemas chinos a cuya traducción hice unos pequeños ajustes. El segundo, escrito por Liu K’o Chuan al otro lado del tiempo y del espacio, dice exactamente lo mismo.

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SUSPENSE

Alguien muere antes de tiempo. El café tenía un sabor amargo. Hay gotas de sangre en la madera. El testamento ha cambiado y los familiares se sienten agraviados y sorprendidos. Después, un allegado sufre un accidente o desaparece antes de hablar con el encargado de resolver el caso.

En otras historias no hay caso ni intriga. Sabemos qué va a pasar o qué ha sucedido. Ulises todavía vive. Ha sido atacado por un gigante con un solo ojo, seducido por una hechicera y arrastrado por el mar y el viento, pero puede contarlo a los que le escuchan y ofrecen su hospitalidad. En la montaña de Thomas Mann visitante y residentes comen juntos cinco veces al día, se miran y conversan, sin que surja una mano amenazadora, sin que nadie parpadee.

En la novela negra, en los relatos de intriga, el tiempo no se detiene. Cada paso es un rastro, cada palabra, una prueba, un indicio de inocencia o culpabilidad. Si te fijas, ves ademanes extraños, todo tiene un sentido oculto. Matar no es fácil, hay un plan, unos hilos que se esconden y han de ser descubiertos. No es como la vida real, tan parecida a un laberinto en que olvidaste cuándo has entrado y no sabes cómo salir. No, son como un rompecabezas, que tiene las piezas justas y puede resolverse.

En Tráiler y Asesinato hice unos apuntes o ensayé en verso sobre estos asuntos.

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LÍNEA

Ni separados ni juntos: no es fácil servirles. En Dos señores hablo de mi vida y mi trabajo con cierta concisión.

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DESPUÉS

Escribes para quejarte o porque piensas que el mundo no está bien hecho y quieres repararlo. Quieres que te quieran, que no te dejen en el olvido, que te lean. Los lectores presentes, aunque sean pocos, y los futuros, que dependerán de tu talento y, en menor medida, de tu suerte.

No todo yo moriré, dice Horacio, y cuando vuelvo a leer sus versos – Exegi monumentum aere perennius – me asombra su fe en la posteridad y cómo ésta, a lo largo de dos mil años, le ha dado la razón.

Claro que ni él ni nadie lo puede saber o estar ahí para recoger el premio. Quien escribe – o pinta o compone música – para después es un arriesgado jugador que apuesta todas sus monedas a un número que casi nunca sale. Y que cuando la ruleta se detiene, ya ha abandonado la mesa, el salón de juegos y el mundo.

Christina Rosetti es quizás más modesta y en Remember sólo espera que la recuerde alguien a quien ama.

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SIEMPRE

Cuando yo era un niño creía en Dios y escuchaba atentamente a sus supuestos enviados. Hablaban del fuego y de la pena sin fin y de lo fácil que es perder el alma. Había que sacrificarse en este mundo, pero el premio era la vida eterna. Yo me creía bueno, uno de los escogidos, y el infierno no era para mí. Era el cielo lo que temía o más bien el hecho de que no acabara nunca. Me atormentaba la imagen de una estancia, de un salón muy grande, en donde éramos felices sin movimiento y sin cambios. Les decía a mis hermanos mayores: si, allí se está muy bien, ¿pero qué pasa después? ¿no hay otra cosa?

No me daba cuenta entonces de que estaba viviendo la parte de la vida que más se acerca, aunque por distintos motivos, a esa eternidad imaginada. La etapa en la que casi todo es nuevo, y hay que aprenderlo y adoptarlo, y caben tantos sucesos en una hora que un día puede ser interminable.

Todo eso está lejos. Cuando vuelves a los lugares – casas, plazas, rincones – donde pasaste la niñez, te sorprende cómo se han reducido. Parece que no hay espacio para tanto juego, para tanta vida.

El espacio se reduce y el tiempo se acorta. Se suceden las estaciones. Los años parecen meses y las semanas, días y llega un momento en que sólo tienes miedo a lo que se escapa.

Así escribí estos dos sonetos: Volviendo la cabeza.

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CINCO

El esquema es sencillo y no tiene muchas variantes. Alguien hiere, humilla o mata a quienes más quieres – hijos, mujer, padres, amigos -; te expulsa de tu tierra, te encierra por un crimen que no has cometido. Y después de un tiempo, o de mucho tiempo, vuelves y lo buscas y le haces morder el polvo.

Se encuentra en los libros – de Homero a Dumas – y en las películas de acción y si el agresor, el causante de la desgracia, es suficientemente malo y la reacción al agravio está justificada, la obra no decepciona.

Esta atracción por una forma no muy compleja de justicia – la Ley del Talión -, que desdeña los cambios en el tiempo, quizás tenga su origen en la creencia de que el mal es algo externo, que viene de afuera. Y lo que está afuera no nos pertenece y se puede eliminar.

Y eso parece mejor que culpar a los genes o a los primeros errores que nos hicieron salir del paraíso.

Este breve relato trata también de la venganza.

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CUATRO

Escribir es escuchar. El viento en los árboles y la gota de agua que no cesa. Es también mirar con otros ojos lo que pasa y lo que se queda inmóvil, las nubes y las rocas. Se oye y se mira lo que ya no está o lo que se ha perdido y con frecuencia se toma la parte por el todo. Se exagera. Se afirma que envejecer, morir/ es el único argumento de la obra, o que estamos solos tal siempre están lo vivos y los muertos, y aceptamos las palabras de Gil de Biedma y Cernuda porque ellos lo sentían así y les creemos. Aunque a veces el argumento de la obra haya sido distinto o tengamos la suerte de que alguien nos acompañe cada día.

También creo a esa mujer que escondida en su casa y en su siglo decía que No conocemos nunca nuestra altura.

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TRES

Lo bueno, si breve, dos veces bueno. La sentencia de Gracián es muy conocida y generalmente aceptada, aunque en su vertiente negativa – lo malo, si es breve, es menos aburrido – me parece menos discutible.

Con el tiempo me he convencido de que las grandes novelas son novelas largas que – hasta la llegada del libro electrónico – casi podían juzgarse por el peso. Pienso que las grandes óperas, sinfonías o buenas bandas sonoras son superiores a las canciones de tres minutos más inspiradas. Envidio a los que componen cuartetos como Eliot o poemas de varias páginas que mantienen en cada estrofa la coherencia y la intensidad.

Yo no puedo o no sé. Escribo por necesidad, respondiendo a un estímulo indeterminado, y ese impulso no da más que para seis o siete versos. Por eso aprecio tanto el soneto. Porque me obliga a ordenar las ideas y me ayuda a dar forma al primer impulso y a ver la imagen en el cristal.

Así, como tantos otros, escribí Sombra y espejo

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DOS

Tengo un amigo que trabajó en el campo y nos contó luego, con versos luminosos, la lucha diaria contra el sol y el viento, allá en los arrozales. Yo no puedo escribir sobre los compañeros del arado, o sobre los que gastan las manos y los ojos en el fondo de la mina, porque no lo he vivido, porque nunca estuve allí. Tal vez por esa razón me gusta tan poco la poesía social o comprometida. La mayoría me parece falsa. Ponerse en lugar de otro es difícil. Y tampoco es suficiente: es necesario ser otro. La belleza es verdad y la verdad, belleza, dice Keats. Y este es quizás el único compromiso.

Hay, sin embargo, situaciones extremas – guerras, dictaduras y otras catástrofes – en que el dolor y la opresión nos acercan y el que habla y escribe sobre los demás lo siente como algo suyo y de verdad lo vive.

No sé si lo que pasa – o ha pasado – en alguna parte de nuestra tierra se asemeja a una situación excepcional. No me dedico a la política, vivo en el sur y no me han arrancado de la calle y del mundo heroicos matarifes. Pero sentí la necesidad de escribir Tras la mordaza.

Este relato lo escribí hace bastante tiempo y el futuro al que alude es ya, por desgracia, el presente.

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