CONCIERTOS

Stravinski dijo que Vivaldi no compuso seiscientos conciertos, sino que escribió seiscientas veces el mismo concierto. Stravinsky entendía de música y fue un gran compositor, aunque yo, que sé muy poco, casi nunca he escuchado sus obras. Sin embargo, no hay semana en que no disfrute de los violines y mandolinas de Vivaldi.

La afirmación del autor ruso, como otras frases famosas, puede ser cierta o inventada, pero nos señala los límites de la creación artística y de los recursos de que disponemos. Ocurre en todas las artes. En el mundo del cine se dice que hay actores de un solo papel, que repiten en cada película, e incluso de un único gesto – por ejemplo, enarcar las cejas – que les sirve para mostrar sorpresa, miedo o contrariedad, y otros con registros más complejos y variados.

Se vuelve sobre los asuntos que nos interesan, sobre las actividades, sean o no artísticas, que mejor se nos dan. Por pereza, por comodidad o porque al oír una canción o recibir algún estímulo, recordamos una historia y, lo que es peor, la contamos de nuevo, casi siempre con iguales pausas y acentos, con las mismas palabras.

Son historias que se desgastan con el uso y cada vez se parecen menos a lo que fue o sucedió realmente. Y quizás los recuerdos más claros y verdaderos son los que surgen de improviso y no se cuentan.

Escribí Flor de marzo y For your eyes only en días lejanos entre sí y en circunstancias diferentes y sólo luego de terminar el último vi cómo se parecían. Si tuviera lectores les propondría que los leyeran atentamente y adivinaran cuál escribí primero, cuánto tiempo después escribí el segundo y en qué se diferencian. Tal vez me ayudarían a ajustar mis medios o a saber si trazo sin descanso los mismos signos.

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DUDA

En un reciente artículo Antonio Muñoz Molina cuenta que tardó cinco años en escribir su primera novela y que, al terminarla, pensaba que había aprendido el oficio y no le costaría tanto completar las siguientes. Pero mucho tiempo y varias novelas después, empieza cada obra como si fuera la primera y temiendo que la anterior haya sido la última.

Somos lo que hacemos y cada paso que damos nos ayuda a seguir un curso o encontrar un camino, pero el aprendizaje nunca acaba. Eso vale para la novela, para la poesía, para la vida. No sabemos de qué somos capaces, cuánto durará esta aventura o si veremos otra vez a alguien.

Antes se usaban expresiones o frases, como Dios mediante o si el tiempo no lo impide, que mostraban la incertidumbre y la precariedad de cualquier propósito. Ahora dejamos a un lado la providencia o el azar, concertamos citas y elaboramos planes como si estuviéramos seguros de lo que pasará mañana. Y hay quien cree que tan ciertos e inmutables son los días mejores, ya pasados, como la caída y el mal que nos espera, olvidando que la desgracia tiene mil rostros y pocos se parecen a los que entrevemos en medio de la noche.

La duda, que fue y estuvo antes del verbo, persiste, permanece. Es la bruma en el mar, la niebla y las sombras. Ignoramos que hay detrás, si podremos volver o llegar a un puerto nunca visto.

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FAMA

Escribí un soneto en el que comparaba la vida con el concurso más famoso de la época. Pensaba entonces que dentro de unos cincuenta años sería difícil comprender Desde uno hasta tres sin unas notas aclaratorias sobre el concurso en cuestión.

Ha pasado la mitad de ese tiempo. La gente recuerda el concurso e ignora, salvo tres o cuatro personas, la existencia del soneto, lo cual sin duda es culpa del autor. La poesía necesita tiempo y si tiene suficiente fuerza, encuentra lectores detrás de las fronteras y de los caminos que se pierden, después de muchos días o en otro siglo.

Otra cosa es la fama, que puede alcanzar a criminales y héroes, a timadores y artistas, a sabios e ignorantes. Es fácil acostumbrarse a ella. Saber que te siguen, que importa lo que digas, que tus palabras tienen eco y que,aunque no lo merezcas, te toman como ejemplo para la lucha diaria. Mienten los que se quejan. O, si no mienten, están equivocados y sabrán cuánto la necesitan cuando la pierdan.

No hay un poeta vivo realmente famoso o al menos yo no conozco a ninguno. Antes no era así. Mi padre recitaba con frecuencia pasajes de Platero y yo cuando aún vivía J.R. Jiménez y en el siglo XIX mucha gente se sabía de memoria los versos de sus contemporáneos.

Hoy son los cantantes los que ocupan su lugar. Son ellos los que realzan las letras, o disimulan su defectos, con la música y quienes a veces prestan su voz a rimas y acordes de otros días. Ellos hacen una lectura para todos, llenan estadios y auditorios y obtienen reconocimiento y aplauso. Ellos gozan de una fama quizás no duradera, pero que aturde y embriaga como el alcohol y los sueños.

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MEMORIA

Memoria, entendimiento y voluntad eran las potencias del alma. Así lo aprendimos siguiendo la tradición cristiana y aristotélica. Cuando estudiábamos y los resultados no eran buenos, culpábamos a la memoria. No queríamos que pensaran que nos habíamos esforzado poco o que nuestro entendimiento era inferior a lo esperado.

Le quitábamos importancia, ignorando que sin memoria no hay reconocimiento y que es muy difícil ver o decidir sin una imagen previa.

No valorábamos lo que teníamos de más. Teníamos más memoria que recuerdos. Aunque quizás entonces la vida era más intensa y los recuerdos iban acumulándose en ese extraño almacén en el que pocos objetos están donde uno los dejó. Y sólo aparecen un tiempo o muchos años después, cuando suenan unos compases o buscas otra cosa.

La memoria y su ausencia trabajan juntos. Los recuerdos cambian de color, se desgastan y no dejan andar al tiempo hasta que el olvido los aparta y esconde. La vida, y cualquier cristal que la refleje, no es más que una suma de recuerdos y olvido.

Los recuerdos, a veces, pesan y abruman pero cuando desaparecen dejan atrás un páramo en el que nada brota y donde el alma se seca y se consume.

Es duro que no te miren, que no te vean, que alguien te borre de su historia o de su vida. Es más duro aún que, como le pasa al amigo del poema, pierdas los nombres, los recuerdos, y te quedes solo allá lejos, donde habita el olvido.

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CUATRO LETRAS

Que amor es cuanto hay / es todo lo que del amor sabemos – That love is all there is / is all we know of love –, dice Emily Dickinson en un breve y preciso poema. Es fácil rebatir el primer verso. Hay otras cosas. El tiempo que da tanto y tanto quita, el mar, las olas de la noche. Está la enfermedad y la pendiente por la que resbalan los nombres y recuerdos, el poder y la desventura, la tierra y las monedas escondidas. Está la nieve y el sol que acaricia las ventanas.

Hay cuatro elementos, miles de partículas, animales, gente. Pero ¿qué les confiere valor, qué cambia el paisaje o hace que brillen los minutos? ¿Qué nos abre el día o nos devuelve a las tinieblas?

No es todo cuanto hay, pero ¿qué se ha hecho, de qué se ha hablado y cantado desde Troya hasta las últimas melodías, desde los dramas y novelas hasta el relato más humilde? No hay nada que escape a su influencia. La guerra, la maldad, la tiranía, no son más que argumentos secundarios.

A veces, al pasar de los años, uno tiende a pensar que sólo es una fantasía de poetas o comediantes o una emoción perdida de la adolescencia. Crees que puedes continuar la vida y anular su sombra. Pronto descubres que nada sabes, que se devalúan las palabras y los números y que, por mucho que te sobre, te falta todo.

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NAVIDAD

Una fiesta es como un enamoramiento. Surge de un encuentro inesperado. Crece con palabras que hallan eco en otras palabras, con la risa y la comida, con las luces del alcohol. Dura unas horas y acaba, pero a veces la risa y el tintineo de los vasos permanecen en la memoria.

Otra cosa son los acontecimientos, las fechas fijadas. Me dicen que te acercas, pero sé/ que estás tan lejos como mi niñez. Son líneas de un poema publicado en una antigua revista local que hablaba de la Navidad con escaso entusiasmo. En la infancia, que entonces no era tan lejana, es quizás cuando es posible disfrutar de este tipo de fiesta. Es cuando se espera todo o no se sabe qué se espera y la sorpresa es más fácil. También entonces, aunque no lo sepas, tienes a tu lado a los que te importan y aún está en blanco la lista de los que se fueron.

Más tarde, las fiestas forzadas te empujan a pensar en los que faltan, en los regalos que no te harán, en cómo te desviaste del camino.

Y quieres huir. O celebrar que la luna aguarda o que estás vivo. Pero para eso no necesitas ninguna cita con la tradición ni esos números rojos del calendario.

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BREVE ENSAYO

No quiero escribir de lo que siento. No tengo lectores, pero alguien puede encontrar el sitio y las letras y avergonzarse. No hablo del porvenir porque no lo conozco o porque dudo de su existencia. Olvido naturalmente y a veces trato de no recordar. He vivido y, en otro tiempo, he tocado un sol sin nubes, pero ahora, en este oscuro rincón, quién sabe quién soy y lo que hice.

No quiero confesar lo que me importa. Es difícil compartirlo. Con los demás, que pasarán de largo, y también conmigo, que me niego a creer que aún me asalte la duda y el insomnio, que siga contando las horas y los minutos que me separan de lo que no vendrá, las monedas que no me pertenecen.

Junto los signos para dibujar un rostro que, como en los sueños, no tiene contornos o se diluye en la sombra y que se parece a lo que nunca tuve.

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