DUDA

En un reciente artículo Antonio Muñoz Molina cuenta que tardó cinco años en escribir su primera novela y que, al terminarla, pensaba que había aprendido el oficio y no le costaría tanto completar las siguientes. Pero mucho tiempo y varias novelas después, empieza cada obra como si fuera la primera y temiendo que la anterior haya sido la última.

Somos lo que hacemos y cada paso que damos nos ayuda a seguir un curso o encontrar un camino, pero el aprendizaje nunca acaba. Eso vale para la novela, para la poesía, para la vida. No sabemos de qué somos capaces, cuánto durará esta aventura o si veremos otra vez a alguien.

Antes se usaban expresiones o frases, como Dios mediante o si el tiempo no lo impide, que mostraban la incertidumbre y la precariedad de cualquier propósito. Ahora dejamos a un lado la providencia o el azar, concertamos citas y elaboramos planes como si estuviéramos seguros de lo que pasará mañana. Y hay quien cree que tan ciertos e inmutables son los días mejores, ya pasados, como la caída y el mal que nos espera, olvidando que la desgracia tiene mil rostros y pocos se parecen a los que entrevemos en medio de la noche.

La duda, que fue y estuvo antes del verbo, persiste, permanece. Es la bruma en el mar, la niebla y las sombras. Ignoramos que hay detrás, si podremos volver o llegar a un puerto nunca visto.

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